CANADÁ – BC, SALMON GLACIER Y HYDER (Alaska)

CANADÁ – BC, SALMON GLACIER Y HYDER (Alaska)

Dia 6, de Telkwa a Steward (342 Km.)

Retomo la Highway of Tears, o Autopista de las Lágrimas, en el tramo que me lleva hasta Kitwanga, casa de los Gitxsan.  Voy camino a Hyder, una pequeña incursión en Alaska para ver un glaciar que hace años forma parte de mi imaginario: Salmon Glacier.

En un reportaje sobre glaciares hermosos, hace años, conocí la existencia de este glaciar, el quinto más grande de Canadá, y desde entonces he querido ir allí, ver con mis ojos esa maravilla, sentir el viento que ha corrido sobre la superficie helada del glaciar soplar sobre mi cara… Por eso, antes de subir al Territorio del Yukon, voy a desviarme unos cuantos kilómetros y disfrutar de este lugar único.

Esta autopista, la Transcanada 16, “Yellowhead Highway” o Autopista de las Lágrimas, es uno de los lugares de Canadá donde más mujeres desaparecen. Es realmente preocupante la cantidad de mujeres jóvenes que desaparecen a lo largo de esta autopista, tanto que mi hijo me advierte de tener cuidadito mientras circulo por ella.

Cada media hora de conducción, más o menos, hay un área de descanso con baños. En las paredes de los baños, en las puertas, en cualquier espacio, hay carteles con fotos de mujeres desaparecidas.

Si el propio gobierno de B.C. llena la carretera de carteles indicando no hacer autoestop, la cosa tiene tintes muy trágicos.

Mis amigos de la granja me contaban que parece que algunas desapariciones son voluntarias, para alejarse del medio rural donde campa a sus anchas el más rancio patriarcado, sin embargo también cuentan que las noches de los fines de semana se ven jovencitas borrachas (sobre todo en la zona de las reservas) caminando por la carretera, único medio de moverse por un lugar donde todo son bosques, rios, lagunas…

A finales del pasado año, Trudeau inició una investigación a petición de organizaciones feministas, indígenas y la gente del Red dress project, que piden una respuesta a las más de 1000 mujeres indígenas desaparecidas y asesinadas.

Hasta el momento no parece que hayan obtenido muchos resultados.

!Y comienzan a aparecer las berrys que tanto me gustan! !Hoy, de fruta, tomaré Salmonberry!

Conduzco feliz disfrutando del precioso paisaje de bosques, alguna granja y  las paredes de roca cuasi verticales sobre las aguas azules y transparentes del Skeena River

Hace una preciosa mañana de sol, las hojas de los árboles brillan como enceradas, miles de pajarillos cruzan delante de nosotros y el morro de la furgo es un implacable asesino de mosquitos de todos los tamaños y clases. La vida de estos bosques, en sus múltiples formas, es maravillosa.

Llegamos a Kitwanga, lugar de encuentro de los ríos Kitwanga y Skeena, y sobre un puente metálico y de suelo de madera, cruzamos el impresionante río camino al gran norte. Me detengo delante de un enorme cartel de madera: North to Alaska. Hay dos formas de subir hasta el Yukon y Alaska, la Alaska Highway conocida como “Aka” y esta carretera, que sube más hacia la izquierda, bordeando toda la zona de glaciares y altas montañas que nos separan del mar. Si quiero subir a Salmon Glacier no hay otra forma. Además, ya que en esta zona están la mayoría de reservas indígenas de Canadá, voy a tratar de contactar con ellos.

Desde aquí a Meziadin Junction, el único lugar habitado en estos 160 km, solo hay bosques vírgenes, infinidad de lagos, arroyos de aguas transparentes y saltarinas… y osos. He visto al menos tres osos junto a la carretera en la última hora.

En un precioso lago paramos un rato a descansar y comer algo. Mientras yo preparo la comida Blue se da un bañito. !Hace casi 30 grados!

Decido que es el momento de colgar mi recién comprada hamaca, aquí bajo los árboles y junto al lago, y leer un poco.  Preparo el primer tramo de cuerda, lo ato al árbol y cuando me dispongo a preparar el segundo nudo Blue se pone a ladrar de una forma inquietante. Miro alrededor y veo que los arbustos de alrededor se están moviendo. Muerta de miedo, dejo la hamaca, la silla y el libro allí tirados, cojo a Blue a la carrera y me meto dentro de la furgo… esperando que el oso no nos haga nada.

Estoy muy lejos de la civilización, a unos trescientos metros de la carretera, aquí no hay ni un alma y además no hay cobertura. !Me muero de miedo!

Sigo esperando que aparezca el oso, pero no, lo que aparece es un enorme alce macho, con unos cuernos tan grandes como media furgoneta. No se si los alces atacan o no, pero por si acaso ni me muevo. Da una vuelta, pasa junto a nosotros y baja a beber al lago donde aún está mi silla… y a continuación se pierde entre la maleza.

Cuando ya se ha marchado, y han dejado de temblarme las piernas, bajo, recojo todo y seguimos camino, así con mieditis no voy a disfrutar de una lectura tranquila.

Hace calor, no tengo aire acondicionado en la furgo, así que viajo con las ventanillas abiertas y cantando !No hay nadie que me escuche !

A media tarde ya estamos en Meziadin Junction !Que no es un pueblo, solo un cruce de caminos y una enorme gasolinera!

Desde aquí a Stewart y Hyder nos separan solo 60 kilómetros de desfiladero. Un conjunto de glaciares nos da la bienvenida,  modela el paisaje y da origen a un turbulento y chocolatoso río que luego desemboca en Stewart, el Bear River, que pasará a verter sus aguas en el Canal de Portland que sirve de frontera entre Canadá y Alaska.

Curiosamente, todos estos fiordos, denominados “canal”, mantienen así su nombre gracias a la presencia española del siglo XVIII, que nombró muchos de estos lugares. Actualmente se mantiene el nombre, en inglés, como Portland Canal.

La frontera, en medio del Canal, fue establecida en 1903 como resultado del arbitraje a raiz de las disputas originadas durante la Fiebre del Oro. La disputa existió entre el Imperio ruso y Gran Bretaña desde 1821, y fue heredada por los Estados Unidos como consecuencia de la Compra de Alaska en 1867. La resolución final favoreció la posición estadounidense, ya que Canadá no obtuvo una salida totalmente canadiense desde los campos de oro de Yukón hasta el mar.

 

Hyder, la pequeña Alaska

Hyder es una pequeña población de solo 94 habitantes. Un pueblo que vivió días mejores, enclavado en medio de enormes montañas, rodeado de glaciares y con una salida al mar por el Canal de Portland, pero sin puerto. El puerto está ubicado en sus vecinos, Stewart, de Canadá, y también de Canadá se surten de energía eléctrica, bancos e incluso colegios. Son dos pueblos hermanos con una frontera en medio.

Desde Canadá entras en Hyder (Alaska) sin necesidad de pasar ninguna aduana.

Hyder es un hermoso lugar, un reflejo de los buenos tiempos de la fiebre del oro. Hoy son  casas abandonadas, cafés, restaurantes y tiendas, todo construído en madera, que mueren lentamente. Apenas un café abierto, un par de tiendas para turistas y un pequeño hotel.

¿Qué tiene Hyder de especial? Además de la única forma de acceso por carretera a Salmon Glacier, hay un lugar privilegiado para observar osos comiendo salmones en el río:  el Fish Creek Wildlife Observation Site. Aquí hay una plataforma de madera elevada sobre el río desde donde en verano puedes ver a los osos negros y grizzlies alimentarse de salmones en el río, con toda la comodidad del mundo, apenas abriendo la boca.

Yo iba entusiasmada con la idea de ver osos tan de cerca y tan sin ningún riesgo. Al llegar veo que está prohibido entrar con perros, me parece lógico, así que dejo a Blue en la furgo, ladrando de pena. Me sorprende que apenas hay coches en el parking y muy poca gente transitando por la pasarela. No hay osos, me informan los vigilantes del lugar. Aún no han llegado, estamos a primeros de Julio y ya deberían haber llegado los salmones, pero van con retraso. Sin salmones no hay osos.

Pregunto por el camino de subida hasta el glaciar, me dicen que aunque está mal, es transitable. Son las 9 de la noche, aunque no oscurecerá casi hasta las 11, así que decido dar un paseo por Hyder y volver a Stewart a pasar la noche, donde además tengo cobertura de móvil y datos.

Al salir de Hyder, aduana de entrada a Canadá. Me piden todos los documentos, declaración de no llevar ni tabaco, ni alcohol  !ni armas!

Día 7 de Julio – Salmon Glacier

Anoche estuve aparcada un buen rato en un pequeño espigón anclado en medio del fiordo, Canal Portland, mientras preparaba unos oscurecedores para las ventanas traseras. Las noches comienzan a ser muy cortas por aquí y el sol entra a borbotones desde las 5 de la mañana. Mientras yo cosía Blue correteaba por allí, olisqueando el intensísimo olor a mar;  la marea está muy  baja y el fondo del fiordo es puro limo y algas.

Un águila, enorme, se ha instalado en uno de los pilones de madera que quedaron de antiguos puntos de atraque en el fondo del fiordo. Observa alrededor, levanta el vuelo, cae sobre el agua como una lanza y vuelve a posarse en el pilón. No había visto un aguila calva tan de cerca, es fascinante. Entiendo perfectamente que este pájaro sea el símbolo de los Estados Unidos de América, es majestuoso.

Pasamos el resto de la tarde/noche paseando por el espigón, observando cómo la marea va subiendo y cubriendo el fondo, mientras me dejo atrapar por esta luz, este olor a mar, la claridad y transparencia del aire. !Es un lugar tan hermoso!

Amanece un precioso día de sol, algunos girones de nubes cubren aún las cimas de las enormes montañas que nos rodean. Estamos en un camping municipal en el centro del pequeño pueblo de Stwart. Blue corretea detrás de las ardillas, mientras yo desayuno y escribo un poco, pero nos ponemos en marcha antes de las 10 de la mañana, hay que subir al glaciar.

La carretera, sin asfaltar, puro polvo y piedras, asciende lentamente. Cuando te cruzas con otro coche, además de la dificultad por lo estrecho del camino, hay que sumarle la polvareda que levanta. Hacia arriba suben algunos coches y vamos todos parando en los pocos sitios donde hay espacio; ya se ve a lo lejos el glaciar y abajo, muy al fondo de este valle cerrado, el agua que se derrite ha formado un arroyo cantarín que hace coro con infinidad de pájaros que revolotean y cantan.

Hay un tramo difícil, mucha piedra suelta, terraplén con piedras que caen por la izquierda, pire brutal hacia el fondo del valle por la derecha. Circulamos extremando las precauciones, aún así, al pasar, algunas piedras se deslizan y caen junto a nosotros. Ninguna sobre la furgoneta, afortunadamente. Ya se ve el glaciar casi al completo, pero aún hay que subir unos kilómetros más.

!Hemos llegado! Es un espectáculo impresionante esa inmensa lengua de hielo que parece fluir del fondo de una montaña como un desbordamiento de tristeza, como el llanto helado de las enormes montañas. Blanco, azul, gris en los bordes, y arriba el inmenso cielo.

Por supuesto no estamos solos, hay una veintena de personas en los bancos de la explanada, en las piedras, caminando por la empinadísima montaña frente al glaciar. Y también está “Bear Man“, o lo que es lo mismo Keith Scott, un entrañable dibujante que te recibe allí mismo con sus hermosas fotos de osos, glaciares, marmotas y todo tipo de bichos. Tiene una furgoneta allí donde vende las fotos, vídeos y un precioso libro infantil con historias de osos  y dibujos para colorear. Le compré uno para mi sobrina Claudia y me lo dedicó con todo el cariño. Siempre estoy aquí, me cuenta, salvo en invierno que la nieve no me deja subir. Esta es mi vida, la montaña y los pocos aventureros que subís hasta aquí a contemplar esta belleza. Es un hombre dulce y sonriente, buen dibujante y contador de historias. No creo que tenga un buen negocio, pero todos le compramos algo. Claro que si tuviese café y algo de comer seguro que tenía mejores ingresos.

Los mosquitos tienen barra libre

Llevo kilómetros y kilómetros donde, teóricamente, debería haber mosquitos en abundancia, pero hasta ahora, aparte de los que se quedan pegados en el morro de la furgo, no he visto muchos. Hasta hoy.

Miles de mosquitos se han concentrado exactamente frente al glaciar, para picar y chuparnos la sangre a los pobres locos que hemos conseguido llegar hasta aquí. Como si les hubieses anunciado de barra libre. A mi nunca me molestan los mosquitos, debo tener la sangre poco dulce. Hoy me han asaltado en guerrilla.  A través de la ropa me han matado a picotazos en brazos, piernas, cara y manos. Hasta en las fotos aparece alguno. Una auténtica nube de mosquitos.

Comemos algo,  charlo un poco con parejas de enamorados y de jubilados que andan por aquí haciéndosse fotos. Al fondo de la explanada hay uns bancos, toscos, hechos con troncos de pino, apilados. Imagino que estarán haciendo alguna obra por allí, pero no. Acaban de aparecer cuatro todoterrenos con un montón de chicos grandes y forzudos que se ponen a colocar los bancos, en orden, frente a la inmensidad del glaciar. ¿Vais a hacer una fiesta? les pregunto. No, vamos a celebrar una boda, me dicen. !Increíble, una boda aquí! ¿Donde hay alguien que se quiera casar conmigo aquí mismo? Porque aquí, incluso me casaría.

Me invitan a quedarme a la ceremonia, pero no me parece adecuado, así que cuando comienzan a llegar coches y coches, gentes con vestidos elegantes, espero que pase un poco la polvareda que han ido levantando y comienzo a bajar. La novia aún no ha llegado, ni lo hará hasta que todos los invitados estén sentados y se haya disipado el polvo. Unos minutos despues, mientras yo bajo, me cruzo con el coche de la novia, cubierto de flores, y a su vez flores y coche cubiertos de polvo. Nos hemos parado otros dos coches y yo en un pequeño ensanchamiento, para dejarles pasar. La novia nos saluda entusiasmada. Bonito, si.

!Si, quiero la Guía!

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