!Estamos en la carretera, comenzamos esta aventura!

Dia 1 de CALGARY a LAKE LOUISE (185 kilómetros)

Serán casi diez mil kilómetros, Blue y yo abordo de esta furgoneta recién terminada, cómoda y hermosa, “muy de chica” por sus acabados en telas de flores y plantas en las paredes. Así que realmente somos tres seres vivos aquí, una humana, un perro y unas plantas.

He salido de Calgary casi a las 9 de la noche, mucho más tarde de lo previsto, y a pesar de que no me gusta nada viajar de noche, entre las compras de última hora, el bautismo de la “fragoneta”, llenar el depósito de gasolina, las últimas instrucciones de mi hijo Daniel sobre el sistema eléctrico y todas esa pequeñas cosas, se me ha hecho tarde, realmente tarde, pero estaba  decidida a comenzar este viaje el día 1 de Julio.

Cuando he arrancado y puesto rumbo a Lake Louise, la primera joya de las Rocosas,  justo en el primer semáforo, ha comenzado a sonar “Tajebone”, esa maravillosa canción de Ismael Lö y unas lágrimas dulces y liberadoras me han arrasado… por dejar a mi hijo, al que he visto sólo una semana, por la aventura en sí, por la tensión de los últimos días preparando la furgoneta a la carrera, porque estoy loca ¡, absoluta e irresponsablemente loca por iniciar este viaje de noche, lloviendo y con un coche que apenas controlo, pero quería amanecer en las Rocosas.

Llueve a mares por la autopista, no estoy aún familiarizada con los controles de los limpiaparabrisas, apenas hay coches en la carretera y aunque son casi las once de la noche y debería haber un sol pálido aún en el cielo, es noche cerrada.

Mi plan era dormir en Mosquito Creek, el primer lugar en el que dormí hace dos años en las Rocosas. Cuando paso el desvío hacia la Icefield Parkway, que es ya una carretera de dos direcciones, estrecha y oscura, estoy a punto de dar la vuelta;  la noche está difícil y parece que hay barro por todos los desvíos, aún así sigo camino unos kilómetros más, hasta que finalmente, en un tramo sin curvas, decido dar la vuelta y volver.  

Me reconozco el miedo, lo asumo y pongo “ruedas en polvorosa” hacia  Lake Louise, a pasar esta primera noche de diluvio a un lugar algo más civilizado.

Hay un centro comercial justo a la entrada, bastantes coches aparcados y todos los negocios ya cerrados, así que me instalo  y me preparo para pasar mi primera noche en soledad.  Como los nervios y la angustia de estos primeros kilómetros me han dejado agotada, me tomo un enorme tazón de leche caliente con cereales y a dormir en esta comodísima cama.

Blue se coloca a mis pies y cae rendido, supongo que él también acusa los nervios del día.

Dia 2 de LAKE LOUISE a MOUNT ROBSON (258 Km)

¡Estamos en las Rocky!

Amanece un tímido día de sol, pequeñas gotas de rocío cubren las ramas de los árboles cercanos, la hierba de un verde rabioso brilla bajo la luz de la mañana, huele a bosque, un par de ardillas suben y bajan por los troncos de los pinos y una bruma suave cubre la cima de las montañas . Desayunar frente a este paisaje es un regalo.  La entrada a las Rocosas, uno de los lugares más hermosos del mundo,  me da los buenos días.

Blue es un perrito feliz, sale disparado de la furgo, las ardillas parecen jugar a provocarlo, bajan, corretean delante de él y cuando se acerca, trepan con esa envidiable agilidad a las ramas más altas.  Por la forma en que olfatea el aire y me mira, entiendo que está disfrutando de nuestro primer día de aventura.

Ya son las diez de la mañana, la bruma se ha disipado y arriba, sobre el valle, los imponentes picos de las montañas se recortan contra el cielo. Ya había recorrido estos parajes, aún así, tanta belleza me sobrecoge.

Iniciamos camino hacia el Bow Lake, esa preciosidad de lago, que forma el río Bow, al que ya conozco bien y que he navegado en Calgary. Hay cientos de turistas, mayoritariamente asiáticos y pakistaníes. Los aparcamientos que bordean el lago están llenos de coches, los bordes del lago festoneados en rosa intenso por las flores  de las  fireweed, las montañas se miran, orgullosas, en las aguas transparentes del lago, y el mundo parece un lugar mejor… aunque demasiado habitado.

Estos trescientos kilómetros, donde parece haberse concentrado toda la belleza que cabe en el mundo, son también los más visitados, los más turísticos, pero si te alejas apenas trescientos metros del coche, si caminas más de diez minutos, dejas atrás la aglomeración de turistas. Leí un artículo sobre el comportamiento de los turistas en las Rocosas donde se indicaba que el 90% no se alejan de su coche más allá de 100 metros. Llegan al lugar, se bajan, se hacen unas fotos y siguen camino.

Yo, hoy, he actuado como ese 90% de turistas. Son paisajes que ya conozco y me abruma tanta gente. Increíble en alguien que viene de una ciudad como Madrid, que vive en Lavapiés, y sin embargo vengo buscando precisamente eso: soledad y paisajes limpios.

Parada larga frente al Athabasca Glacier, ese glaciar que ya he recorrido y que me produce una sensación ambigua: por un lado es de una belleza inmensa y  observar  el retroceso del glaciar en los últimos años (marcando en los bordes el lugar que ocupó el hielo) es preocupante, pero por otro lado, es un glaciar “prostituído”: hay vehículos oruga, los Ice Explorer que llevan a los turistas hasta la mitad del glaciar, lo que supone una enorme presión sobre el entorno natural, con lo que conlleva de deterioro del lugar. El poder pisar un glaciar es algo con lo que todos soñamos, hacerlo a media hora caminando desde el aparcamiento, un lujo. Si ya te pagas los 103$ del Ice Explorer, solo tienes que caminar directamente sobre el hielo.

Me estaba preparando una ensalada cuando Blue comenzó a jugar con una chica que estaba en la furgoneta de al lado. Unos brasileños que estaban recorriendo las Rocosas, gentes encantadoras, preparaban en una barbacoa portátil un pollo marinado. Me invitaron a comer con ellos, charlamos, tomamos café, comentamos el maravilloso paisaje que nos rodeaba, hablamos de Brasil y sus selvas deforestadas por la codicia, de la enorme presión turística de este glaciar, de lo hermoso que es viajar así, en una furgoneta, parar donde te plazca, dormir junto a arroyos transparentes, bosques encantados…

Sigo camino hacia Saskatchewan River Crossing, conocido como “El cruce”, en la confluencia de los ríos Saskatchewan, Howse y Mistaya, único lugar de cruce de estos inmensos ríos, que usaban los viajeros y comerciantes de pieles, ayudados por los conocimientos de los indígenas de la región. En un hermoso mirador sobre el río, con carteles explicativos sobre el pasado de esta zona, puedes fácilmente imaginar esas caravanas de carretas de los aventureros que cruzaban la región. Imaginarles cruzando en verano, pese al cauce del río, es ya toda una gesta. A lo largo del invierno, con un mar de hielo alrededor, aunque quizá fuese una empresa más fácil, sin las ropas, los abrigos, el equipamiento de montaña actual, me parece de una heroicidad inmensa.

Es casi imposible conducir por esta carretera sin encontrar un atasco. Atasco es, siempre, igual a oso. Los coches se paran en el arcén, los autobuses directamente se detienen en medio de la carretera, casi se escuchan los cientos de clicks de las cámaras de fotos sobre un oso, casi siempre negro, que tranquilamente recorre “su” bosque. Los guardabosques del Parque Nacional de Banff no tardan en aparecer, disuaden a la gente de bajarse del coche y acercarse al oso, no deja de ser un animal salvaje que puede atacar en cualquier momento, y desde luego tanta gente perturba de verdad a ese ser libre. Poco a poco va disolviéndose el atasco. Hasta el siguiente oso.

 

Parada en Jasper para comprar un convertidor de enchufe, había olvidado que tengo que cargar también la cámara de fotos y no tengo conversor. Esta pequeña ciudad es una preciosidad de lugar, casas de madera rodeadas de flores, una estación de tren inmensa, restaurantes, tiendas y supermercados, y mucho turista. Es el “final” de las impresionantes Rocosas, y lugar de parada obligada.

No quiero pasar la noche en una ciudad, así que como quedan aún unas horas de sol, tras pasear un rato por los civilizados lagos de Anette y Edith, donde me obligan a llevar a Blue con correa y está prohibido que los perros recorran la arena del borde del lago, seguimos camino.

Al caer la tarde, tras unos hermosísimos kilómetros de bosques inmensos, llegamos a las inmediaciones de Mount Robson. Ha comenzado a caer una lluvia suave, las nubes se han apoderado del cielo y hace fresco. Me detengo un rato a la entrada del Parque Nacional, mientras consulto el mapa. Blue corretea por el enorme aparcamiento casi vacío. Se me acerca un chico y me pregunta si tengo algo que ver con la poesía, que lleva siguiéndome un buen rato a ver si me paro, porque le ha llamado la atención la pegatina que recubre mi furgoneta “travellingpoems”. Es, también, brasileño, poeta y cazador de auroras boreales, trabaja en un lujosísimo camping privado a un par de minutos de aquí. Me ofrece pasar la noche en el camping, gratis, por supuesto.

Me preparo una sopa de arroz y pollo para cenar, una copa de vino y veo como la noche va apoderándose de este precioso lugar mientras Blue olfatea y corre alrededor. Al rato aparece el chico, Cristiano, y hablamos durante horas de poesía, de auroras boreales, de la magia de estas montañas. Aquí, me dice, ya no llegan tantos turistas, hay muchos montañeros y unas rutas de senderismo espectaculares.  Tomo buena nota de sus amables indicaciones, a la vuelta, camino a Calgary, pasaré un par de días por aquí.

Me voy familiarizando con la furgo, voy colocando las cosas de un modo más ordenado, me siento cómoda en esta, mi casita rodante durante dos meses.

Ya salí de Alberta y ahora estoy en Beautiful British Columbia.

¡Qué hermoso es todo, por las diosas!

!Si, quiero la Guía!

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