YUKON: Stewart-Cassier Hwy a Watson Lake

YUKON: Stewart-Cassier Hwy a Watson Lake

9 de Julio – Stewart a Watson Lake – 660 Km.

!Estoy en el salvaje Norte, he llegado al Yukón!

Y he llegado después de recorrer los 600 km de la Stewart-Cassier highway, solitaria y temible a ratos, con mal pavimento, ni un lugar habitado en esta inmensidad y sin cobertura de móvil para más Inri.  Yo le daría otro nombre a esta autopista, La Autopista de la Nada, por ejemplo, pienso cuando ya he llegado a Watson Lake y me siento frente a una cerveza fresquita.

La carretera comienza bien cuando pasas Meziadin Junction,  ancha, bien pintada, con arcén, señalización suficiente. Según vas avanzando hacia el norte la cosa empieza a decaer, la carretera no tiene arcén, la pintura es apenas un vestigio transparente, las curvas son cerradas y sin señalizar y los avisos de velocidad máxima a 50 km/hora absolutamente justificados.

Atravesar más de 40 kilómetros de bosque calcinado le da otra dimensión al viaje,  y ya los últimos 40 km hasta Watson  son como la carreterita de mi pueblo pero con peor pavimento y sin asfaltar.

¿Parece que le he pillado un poco de tirria a esta carretera, verdad?

            Atardecer en el Kinaskan Lake

El camino entre frondosos bosques, donde aparecen osos, ardillas, moose y ciervos de forma cuasi constante, siguiendo la hermosísima y sinuosa ribera del Bell-Irving River me hace cantar de pura dicha.

En esta tarde de sol, desde el valle del río donde alguna tormenta se desliza allá arriba entre las montañas aportando ese delicioso olor a a petricor, los rayos del sol que se filtran entre las nubes como dedos de un dios amable, las primeras fireweed con su rabioso rosa floreciendo en los bordes del camino y los campos de florecillas blancas como pompones de algodón, me hacen sentir absolutamente en paz con el universo.

Y canto, canto sin parar, con las ventanillas abiertas y llenando los pulmones de vida.

Según el señor Maps, a medio camino hasta el Yukon hay un pueblo: Iskut. A lo mejor allí si hay cobertura, pienso en un exceso de confianza. Ya estoy acostumbrada a que en las inmensidades de bosque desierto de humanidad no haya móvil, pero en los pueblecitos sí lo hay, así que pongo rumbo a Iskut.

Me quedan solo unos cien kilómetros para llegar, cuando paro a caminar un rato, me encuentro con dos moteros americanos con los que coincidí ayer en el Salmon Glacier. Ellos también han parado un rato a caminar un poco;  charlamos de la belleza de la carretera, esa sensacion de que fuera de estos bosques no existe el mundo. Les pregunto si van hacia Iskut y me dicen que se quedan unos cuarenta kilómetros antes, en un Campground muy chulo que hay de camino. Yo quiero llegar a algún lugar civilizado, así que no modifico mi ruta.

Al rato veo el anuncio del Campground, Kinaskan Lake Provincial Park Campground y como lla luz de la tarde tiene un precioso color salmón, decido pasar a dar una vuelta y ver el lago. Es un precioso camping junto al lago Kinaskan, y hay una hermosísima puesta de sol sobre las tranquilas aguas del lago, pero no me apetece quedarme allí. Hago unas fotos, dejo a Blue ligar con un par de perrillos, digo adiós a los moteros !pobres! que están comenzando a montar tiendas, sacos, hornillo, el rollo ese. A veces, cuando me encuentro con ellos, me dan un poco de envidia, esa sensación de viento envolvente de cuando vas en moto por lugares tan maravillosos como éste, no la tienes en un coche, pero creo que jamás me hubiese atrevido a hacer esta ruta en moto. No soy muy valiente. Sigo hasta Iskut.

Y un poquito después ya estoy en Iskut… ¿pero ésto qué es?

Estoy acostumbrada a que aquí los pueblos sean pequeños y desparramados pero éste se lleva la palma, es el pueblo más feo que haya visto en mi vida. No hay Ayuntamiento, ni supermercado, ni oficina de correos, ni calle principal, ni ninguna casa bonita y cuidada, ni jardines de ensueño, ni nada !por no haber no hay ni cobertura!

No me apetece nada quedarme a dormir aquí, solo he visto por la calle a un par de hombres borrachos, nativos, y me ha dado muy mala espina,  pero está anocheciendo y no me puedo meter otros 120 km hasta el siguiente pueblo, así que cierro la furgo como si la blindase. Aparco con el lateral derecho, donde está la puerta corredera de acceso, pegadita al edicifio ya cerrado de la gasolinera, cierro todos los cristales y tras una cena ligera, preparo el spray anti osos junto a la cama, me tranquilizo pensando que si alguien se acerca Blue la liará lo suficiente como para despertarme y me quedo dormida casi al instante.

En ese momento desconocía cuál sería mi camino de vuelta hacia el sur, pero había desechado absolutamente volver por esta autopista. Sin embargo, un mes y pico después, estaba recorriendo de nuevo estos 600 Km con mucho aprendido y un talante nuevo.

Aunque eso será otra historia, y será contada en su momento, esta autopista sin cobertura me hizo conocerme mejor, dejar atrás muchas cosas, aprender otras esenciales para mi vida. Me hizo también profundizar, aprender y conocer mucho más de las First Nations que habitan estos maravillosos lugares, y entender sus porqués.

El depredador “hombre blanco”

Otra de las razones de venir por esta carretera, los 600 km de la Stewart-Cassier highway, es que me interesaba muchísimo conocer a la gente de las reservas indígenas de por aquí, hay varias en esta zona. Escribí desde Madrid a dos que están en esta carretera, pero ninguna de las dos me contestó. En sus webs dicen que están abiertos a las visitas de los viajeros que pasan por aquí, así que no me preocupo demasiado, ya les contactaré. En todo British Columbia hay más de veinte First Nations,  (os pongo este link por si sentís curiosidad) y mi camino pasa exactamente por medio de al menos 2 de ellos: los Tahltan Nation, y los Iskut First Nation .

Veo el anuncio de los Tahltan y me pongo contentísma, hay un enorme cartel que dice “Wellcome”, así que me desvío ligeramente por el camino de tierra, que unos veinte metros más allá tiene una puerta cerrada con una enorme cadena con candado.

A lo largo de este hermosísimo paisaje, una inmensa linea eléctrica, la Northwest Transmission Line, acompaña al viajero a lo largo de más de 300 km. La energía hidroelectrica es limpia, cierto, pero el destrozo en el paisaje de estos enormes monstruos de metal, no creo que hagan muy felices a las First Nations de por aquí, aunque les aporte considerables beneficios económicos.

Iskut es la cuna de la Iskut First Nation, un grupo de los Tahltan. Parece que las First Nation andan bastante cabreadas con los occidentales porque hay riquezas impresionantes en su área y ellos quieren protegerlas a cualquier precio, mientras todos intentan sacar tajada de la zona, conocida como “Serengueti del Norte”. 

Esta región  forma parte de las Sacred Headwaters donde nacen cuatro grandes ríos: el Stikine, Skeena, Finlay y Nass. Es un área cultural y de subsistencia vital para la Primera Nación Tahltan, cuyo nombre significa Tierra de la Cabra Roja.

En la cuenca Iskut Stikine, se están cometiendo todo tipo de atentados contra la naturaleza, aquí os dejo un par de muestras:

Shell Canada Energy, está explorando en busca de gas metano de lecho de carbón y ha perforado pozos de prueba en la cabecera de los ríos Little Klappan y Spatsizi. Este tipo de actividad industrial requiere cientos de pozos de gas conectados por vías de acceso y tuberías. Este proyecto sería especialmente amenazante para la calidad del agua dado el uso de fracturación hidráulica, o “fracking”, en el cual grandes volúmenes de fluido de fracking, a menudo incluyendo químicos tóxicos, se inyectan bajo tierra para quemar el carbón y liberar el gas. La producción de metano en lecho de carbón nunca se ha realizado en una cuenca hidrográfica con salmón salvaje, y este desarrollo amenaza la calidad del agua en los ríos Skeena, Stikine y Nass.

La mina Red Chris de Imperial Metals es una mina convencional de extracción de cobre, oro y plata a cielo abierto con pala y camión. Está ubicada en el territorio de la Primera Nación Tahltan, en un hábitat de vida silvestre de alto valor. A pesar de las objeciones de las Primeras Naciones y un desafío judicial que llegó hasta la Corte Suprema de Canadá, Red Chris recibió las aprobaciones ambientales provinciales y federales, y los permisos de la Ley de Minas, sin considerar el tremendo impacto medioambiental que supone para una zona tan rica en vida silvestre.

Entró en funcionamiento en 2015 y la Tahltan Nation ha conseguido que se cierre la mina exactamente en Agosto de 2019, aunque el destrozo ya está hecho. Aún hoy siguen tratando de “limpiar” y devolver a la naturaleza todo el desastre que la mina originó en estas tierras vírgenes.

Ahora entiendo mejor su reticencia a relacionarse con nosotros “el depredador hombre blanco”

Dejo una foto de la mina Red Chris y de la Northwest Transmission Line,  su impacto ambiental directo es espeluznante.

Las Primeras Naciones se han puesto en pie de guerra

En 2006, los ancianos de la Iskut First Nation formaron un grupo llamado Klabona Keepers Elders Society, como un paso para garantizar la administración sostenible a largo plazo de su territorio, especialmente las Sagradas Cabeceras.

En agosto de 2006, la Nación Iskut organizó una reunión para apoyar la protección de las Cabeceras Sagradas. Se unieron a la Nación Iskut los Jefes Hereditarios de las Naciones Haida, Gitxsan, Wet’suwet’en, Taku River Tlingit y Haisla, así como aliados no aborígenes, incluidos Rivers without Borders.

Rivers Without Borders comenzó en 1999 como una red de organizaciones  de Canadá y Estados Unidos llamada Transboundary Watershed Alliance, que coordina los esfuerzos en temas ambientales, de derechos indígenas y de sostenibilidad regionales.

Mientras mantienen vivos los vínculos organizativos originales,  crean nuevas alianzas con pescadores comerciales, biólogos, guías, líderes comunitarios y otros. Promueven una visión de conservación basada en cuencas hidrográficas para una región ecológicamente rica que prácticamente define la esencia de la vida silvestre de América del Norte y representa una de las mejores oportunidades de conservación del continente.


       Tramo final de la Stewart-Cassier Hgwy

De Iskut a Watson Lake (352 Km)   Bosques, terrible carretera y osos por todos los arcenes

He dormido como un bebé, amanezco llena de energía para afrontar los últimos 350 Km. hasta Watson Lake, el lugar más civilizado de por aquí.

Desde Iskut hasta Dease Lake, esos 80 kilómetros de bosque interminable, me reconcilian con la carretera. Y ademas parece que Dease Lake es grande, tendrán gasolinera abierta y quizá, tal vez, ojalá, tengan cobertura de móvil. Dease Lake es un pueblo más grande, con buenas casas, todo lleno de flores, con mucha vida.

Pongo gasolina y le pregunto a la chica si no hay cobertura, me dice que no, que hasta Watson no hay. Entonces le pregunto ¿cómo os comunicais entonces? “Satelital” me contesta con una sonrisa.

Cobertura no, pero osos hay por todas partes. Los bordes de la carretera son un muestrario de la vida animal por aquí. Es una maravilla poder ver en su hábitat osos, corzos, alces y ardillas.

Otras cuatro horas de carretera, pienso confiada,  y estoy en Watson. !Ja!

Nuestro concepto europeo de “autopista” difiere bastante de lo que se lleva por aquí.

Aparece el aviso de una pequeña ciudad, Jade City, y un cartel que te invita a un café. Es un pequeño asentamiento donde hay minas de jade, y por lo tanto tiendas y tiendas casi como las que recordamos de aquellas pelis del oeste,  llenas de productos de jade. En todas ellas, al pasar a curiosear, te invitan a que te sirvas un café. Es ese tipo de café que vemos en el cine, malo, aguado, insípido, pero no viene mal si llevas unas cuantas horas en la carretera.

Blue posa junto a un inmenso oso que han construído para llamar la atención y que pares, bajes, compres…

                    Jade City
                               Jade City

Los últimos kilómetros son una pesadilla, hace mucho calor, la carretera es un sube y baja, el asfalto está roto y el bosque está quemado, pero… ya estoy en el valle que forma el Liard River, camino al enorme Watson Lake, a una de las poblaciones más grandes en la ruta conocida como AKA Higway, la Alcan, la Alaska Highway, construida por los ingenieros del Ejército de USA en  1942 como ruta de suministro a Alaska  durante la Segunda Guerra Mundial. Una carretera mítica con la que siempre había soñado.

¿Te imaginas lo que pudo ser la construcción de 2237 Km. desde el 8 de Marzo hasta el 28 de Octubre a través de enormes montañas, bosques salvajes y los inviernos más duros del planeta?

 

Construcción de la Autopista de Alaska
Finalmente llego a la Aka Higway, y el teléfono comienza a pitar como loco, llegan wassap, mensajes de preocupación de la familia y los amigos, que hace dos días que no saben nada de mi.

No tengo previsto donde quedarme aquí, hace más de 28 grados y necesito descansar, así que veo la oficina de Turismo y les pregunto por un lugar tranquilo, junto a un lago. Me envían al Watson Lake Campground, un pequeño paraíso.

              Una bien merecida copa de vino
 

Enciendo una fogata, me preparo algo de cenar, paseo por el lago y me sirvo una copa de vino. !Me la he ganado!

 

Tengo muchos mensajes que contestar, muchas sensaciones que escribir y mucho que investigar en los mapas que me acaban de regalar en la Oficina de Turismo.

CANADÁ – BC, SALMON GLACIER Y HYDER (Alaska)

CANADÁ – BC, SALMON GLACIER Y HYDER (Alaska)

Dia 6, de Telkwa a Steward (342 Km.)

Retomo la Highway of Tears, o Autopista de las Lágrimas, en el tramo que me lleva hasta Kitwanga, casa de los Gitxsan.  Voy camino a Hyder, una pequeña incursión en Alaska para ver un glaciar que hace años forma parte de mi imaginario: Salmon Glacier.

En un reportaje sobre glaciares hermosos, hace años, conocí la existencia de este glaciar, el quinto más grande de Canadá, y desde entonces he querido ir allí, ver con mis ojos esa maravilla, sentir el viento que ha corrido sobre la superficie helada del glaciar soplar sobre mi cara… Por eso, antes de subir al Territorio del Yukon, voy a desviarme unos cuantos kilómetros y disfrutar de este lugar único.

Esta autopista, la Transcanada 16, “Yellowhead Highway” o Autopista de las Lágrimas, es uno de los lugares de Canadá donde más mujeres desaparecen. Es realmente preocupante la cantidad de mujeres jóvenes que desaparecen a lo largo de esta autopista, tanto que mi hijo me advierte de tener cuidadito mientras circulo por ella.

Cada media hora de conducción, más o menos, hay un área de descanso con baños. En las paredes de los baños, en las puertas, en cualquier espacio, hay carteles con fotos de mujeres desaparecidas.

Si el propio gobierno de B.C. llena la carretera de carteles indicando no hacer autoestop, la cosa tiene tintes muy trágicos.

Mis amigos de la granja me contaban que parece que algunas desapariciones son voluntarias, para alejarse del medio rural donde campa a sus anchas el más rancio patriarcado, sin embargo también cuentan que las noches de los fines de semana se ven jovencitas borrachas (sobre todo en la zona de las reservas) caminando por la carretera, único medio de moverse por un lugar donde todo son bosques, rios, lagunas…

A finales del pasado año, Trudeau inició una investigación a petición de organizaciones feministas, indígenas y la gente del Red dress project, que piden una respuesta a las más de 1000 mujeres indígenas desaparecidas y asesinadas.

Hasta el momento no parece que hayan obtenido muchos resultados.

!Y comienzan a aparecer las berrys que tanto me gustan! !Hoy, de fruta, tomaré Salmonberry!

Conduzco feliz disfrutando del precioso paisaje de bosques, alguna granja y  las paredes de roca cuasi verticales sobre las aguas azules y transparentes del Skeena River

Hace una preciosa mañana de sol, las hojas de los árboles brillan como enceradas, miles de pajarillos cruzan delante de nosotros y el morro de la furgo es un implacable asesino de mosquitos de todos los tamaños y clases. La vida de estos bosques, en sus múltiples formas, es maravillosa.

Llegamos a Kitwanga, lugar de encuentro de los ríos Kitwanga y Skeena, y sobre un puente metálico y de suelo de madera, cruzamos el impresionante río camino al gran norte. Me detengo delante de un enorme cartel de madera: North to Alaska. Hay dos formas de subir hasta el Yukon y Alaska, la Alaska Highway conocida como “Aka” y esta carretera, que sube más hacia la izquierda, bordeando toda la zona de glaciares y altas montañas que nos separan del mar. Si quiero subir a Salmon Glacier no hay otra forma. Además, ya que en esta zona están la mayoría de reservas indígenas de Canadá, voy a tratar de contactar con ellos.

Desde aquí a Meziadin Junction, el único lugar habitado en estos 160 km, solo hay bosques vírgenes, infinidad de lagos, arroyos de aguas transparentes y saltarinas… y osos. He visto al menos tres osos junto a la carretera en la última hora.

En un precioso lago paramos un rato a descansar y comer algo. Mientras yo preparo la comida Blue se da un bañito. !Hace casi 30 grados!

Decido que es el momento de colgar mi recién comprada hamaca, aquí bajo los árboles y junto al lago, y leer un poco.  Preparo el primer tramo de cuerda, lo ato al árbol y cuando me dispongo a preparar el segundo nudo Blue se pone a ladrar de una forma inquietante. Miro alrededor y veo que los arbustos de alrededor se están moviendo. Muerta de miedo, dejo la hamaca, la silla y el libro allí tirados, cojo a Blue a la carrera y me meto dentro de la furgo… esperando que el oso no nos haga nada.

Estoy muy lejos de la civilización, a unos trescientos metros de la carretera, aquí no hay ni un alma y además no hay cobertura. !Me muero de miedo!

Sigo esperando que aparezca el oso, pero no, lo que aparece es un enorme alce macho, con unos cuernos tan grandes como media furgoneta. No se si los alces atacan o no, pero por si acaso ni me muevo. Da una vuelta, pasa junto a nosotros y baja a beber al lago donde aún está mi silla… y a continuación se pierde entre la maleza.

Cuando ya se ha marchado, y han dejado de temblarme las piernas, bajo, recojo todo y seguimos camino, así con mieditis no voy a disfrutar de una lectura tranquila.

Hace calor, no tengo aire acondicionado en la furgo, así que viajo con las ventanillas abiertas y cantando !No hay nadie que me escuche !

A media tarde ya estamos en Meziadin Junction !Que no es un pueblo, solo un cruce de caminos y una enorme gasolinera!

Desde aquí a Stewart y Hyder nos separan solo 60 kilómetros de desfiladero. Un conjunto de glaciares nos da la bienvenida,  modela el paisaje y da origen a un turbulento y chocolatoso río que luego desemboca en Stewart, el Bear River, que pasará a verter sus aguas en el Canal de Portland que sirve de frontera entre Canadá y Alaska.

Curiosamente, todos estos fiordos, denominados “canal”, mantienen así su nombre gracias a la presencia española del siglo XVIII, que nombró muchos de estos lugares. Actualmente se mantiene el nombre, en inglés, como Portland Canal.

La frontera, en medio del Canal, fue establecida en 1903 como resultado del arbitraje a raiz de las disputas originadas durante la Fiebre del Oro. La disputa existió entre el Imperio ruso y Gran Bretaña desde 1821, y fue heredada por los Estados Unidos como consecuencia de la Compra de Alaska en 1867. La resolución final favoreció la posición estadounidense, ya que Canadá no obtuvo una salida totalmente canadiense desde los campos de oro de Yukón hasta el mar.

 

Hyder, la pequeña Alaska

Hyder es una pequeña población de solo 94 habitantes. Un pueblo que vivió días mejores, enclavado en medio de enormes montañas, rodeado de glaciares y con una salida al mar por el Canal de Portland, pero sin puerto. El puerto está ubicado en sus vecinos, Stewart, de Canadá, y también de Canadá se surten de energía eléctrica, bancos e incluso colegios. Son dos pueblos hermanos con una frontera en medio.

Desde Canadá entras en Hyder (Alaska) sin necesidad de pasar ninguna aduana.

Hyder es un hermoso lugar, un reflejo de los buenos tiempos de la fiebre del oro. Hoy son  casas abandonadas, cafés, restaurantes y tiendas, todo construído en madera, que mueren lentamente. Apenas un café abierto, un par de tiendas para turistas y un pequeño hotel.

¿Qué tiene Hyder de especial? Además de la única forma de acceso por carretera a Salmon Glacier, hay un lugar privilegiado para observar osos comiendo salmones en el río:  el Fish Creek Wildlife Observation Site. Aquí hay una plataforma de madera elevada sobre el río desde donde en verano puedes ver a los osos negros y grizzlies alimentarse de salmones en el río, con toda la comodidad del mundo, apenas abriendo la boca.

Yo iba entusiasmada con la idea de ver osos tan de cerca y tan sin ningún riesgo. Al llegar veo que está prohibido entrar con perros, me parece lógico, así que dejo a Blue en la furgo, ladrando de pena. Me sorprende que apenas hay coches en el parking y muy poca gente transitando por la pasarela. No hay osos, me informan los vigilantes del lugar. Aún no han llegado, estamos a primeros de Julio y ya deberían haber llegado los salmones, pero van con retraso. Sin salmones no hay osos.

Pregunto por el camino de subida hasta el glaciar, me dicen que aunque está mal, es transitable. Son las 9 de la noche, aunque no oscurecerá casi hasta las 11, así que decido dar un paseo por Hyder y volver a Stewart a pasar la noche, donde además tengo cobertura de móvil y datos.

Al salir de Hyder, aduana de entrada a Canadá. Me piden todos los documentos, declaración de no llevar ni tabaco, ni alcohol  !ni armas!

Día 7 de Julio – Salmon Glacier

Anoche estuve aparcada un buen rato en un pequeño espigón anclado en medio del fiordo, Canal Portland, mientras preparaba unos oscurecedores para las ventanas traseras. Las noches comienzan a ser muy cortas por aquí y el sol entra a borbotones desde las 5 de la mañana. Mientras yo cosía Blue correteaba por allí, olisqueando el intensísimo olor a mar;  la marea está muy  baja y el fondo del fiordo es puro limo y algas.

Un águila, enorme, se ha instalado en uno de los pilones de madera que quedaron de antiguos puntos de atraque en el fondo del fiordo. Observa alrededor, levanta el vuelo, cae sobre el agua como una lanza y vuelve a posarse en el pilón. No había visto un aguila calva tan de cerca, es fascinante. Entiendo perfectamente que este pájaro sea el símbolo de los Estados Unidos de América, es majestuoso.

Pasamos el resto de la tarde/noche paseando por el espigón, observando cómo la marea va subiendo y cubriendo el fondo, mientras me dejo atrapar por esta luz, este olor a mar, la claridad y transparencia del aire. !Es un lugar tan hermoso!

Amanece un precioso día de sol, algunos girones de nubes cubren aún las cimas de las enormes montañas que nos rodean. Estamos en un camping municipal en el centro del pequeño pueblo de Stwart. Blue corretea detrás de las ardillas, mientras yo desayuno y escribo un poco, pero nos ponemos en marcha antes de las 10 de la mañana, hay que subir al glaciar.

La carretera, sin asfaltar, puro polvo y piedras, asciende lentamente. Cuando te cruzas con otro coche, además de la dificultad por lo estrecho del camino, hay que sumarle la polvareda que levanta. Hacia arriba suben algunos coches y vamos todos parando en los pocos sitios donde hay espacio; ya se ve a lo lejos el glaciar y abajo, muy al fondo de este valle cerrado, el agua que se derrite ha formado un arroyo cantarín que hace coro con infinidad de pájaros que revolotean y cantan.

Hay un tramo difícil, mucha piedra suelta, terraplén con piedras que caen por la izquierda, pire brutal hacia el fondo del valle por la derecha. Circulamos extremando las precauciones, aún así, al pasar, algunas piedras se deslizan y caen junto a nosotros. Ninguna sobre la furgoneta, afortunadamente. Ya se ve el glaciar casi al completo, pero aún hay que subir unos kilómetros más.

!Hemos llegado! Es un espectáculo impresionante esa inmensa lengua de hielo que parece fluir del fondo de una montaña como un desbordamiento de tristeza, como el llanto helado de las enormes montañas. Blanco, azul, gris en los bordes, y arriba el inmenso cielo.

Por supuesto no estamos solos, hay una veintena de personas en los bancos de la explanada, en las piedras, caminando por la empinadísima montaña frente al glaciar. Y también está “Bear Man“, o lo que es lo mismo Keith Scott, un entrañable dibujante que te recibe allí mismo con sus hermosas fotos de osos, glaciares, marmotas y todo tipo de bichos. Tiene una furgoneta allí donde vende las fotos, vídeos y un precioso libro infantil con historias de osos  y dibujos para colorear. Le compré uno para mi sobrina Claudia y me lo dedicó con todo el cariño. Siempre estoy aquí, me cuenta, salvo en invierno que la nieve no me deja subir. Esta es mi vida, la montaña y los pocos aventureros que subís hasta aquí a contemplar esta belleza. Es un hombre dulce y sonriente, buen dibujante y contador de historias. No creo que tenga un buen negocio, pero todos le compramos algo. Claro que si tuviese café y algo de comer seguro que tenía mejores ingresos.

Los mosquitos tienen barra libre

Llevo kilómetros y kilómetros donde, teóricamente, debería haber mosquitos en abundancia, pero hasta ahora, aparte de los que se quedan pegados en el morro de la furgo, no he visto muchos. Hasta hoy.

Miles de mosquitos se han concentrado exactamente frente al glaciar, para picar y chuparnos la sangre a los pobres locos que hemos conseguido llegar hasta aquí. Como si les hubieses anunciado de barra libre. A mi nunca me molestan los mosquitos, debo tener la sangre poco dulce. Hoy me han asaltado en guerrilla.  A través de la ropa me han matado a picotazos en brazos, piernas, cara y manos. Hasta en las fotos aparece alguno. Una auténtica nube de mosquitos.

Comemos algo,  charlo un poco con parejas de enamorados y de jubilados que andan por aquí haciéndosse fotos. Al fondo de la explanada hay uns bancos, toscos, hechos con troncos de pino, apilados. Imagino que estarán haciendo alguna obra por allí, pero no. Acaban de aparecer cuatro todoterrenos con un montón de chicos grandes y forzudos que se ponen a colocar los bancos, en orden, frente a la inmensidad del glaciar. ¿Vais a hacer una fiesta? les pregunto. No, vamos a celebrar una boda, me dicen. !Increíble, una boda aquí! ¿Donde hay alguien que se quiera casar conmigo aquí mismo? Porque aquí, incluso me casaría.

Me invitan a quedarme a la ceremonia, pero no me parece adecuado, así que cuando comienzan a llegar coches y coches, gentes con vestidos elegantes, espero que pase un poco la polvareda que han ido levantando y comienzo a bajar. La novia aún no ha llegado, ni lo hará hasta que todos los invitados estén sentados y se haya disipado el polvo. Unos minutos despues, mientras yo bajo, me cruzo con el coche de la novia, cubierto de flores, y a su vez flores y coche cubiertos de polvo. Nos hemos parado otros dos coches y yo en un pequeño ensanchamiento, para dejarles pasar. La novia nos saluda entusiasmada. Bonito, si.

CANADÁ – BRITISH COLUMBIA, LA PRIMERA PAELLA AMERICANA

CANADÁ – BRITISH COLUMBIA, LA PRIMERA PAELLA AMERICANA

Dia 3 de Mount Robson a Fraser (446 Km)

El día del susto: Código PO442

Amanezco bajo la inmensa mole del Mount Robson, cubierto de nubes bajas, tan bajas que parecen abrazarte con sus minúsculas gotas de agua. Mansamente, llueve.

Este parece un precioso lugar, anotado queda para la vuelta, pero para eso quedan dos meses.

La relación entre "fragoneta" y sus ocupantes se va estrechando, ya nos comenzamos a conocer, todo está colocado de forma que sea cómodo, que ninguna cosa se caiga en las curvas, que no se desplace la caja de la ropa que tengo bajo la cama... el comenzar a vivir un lugar hasta hacerlo hogar.

Y cantando, a voz en grito, voy haciendo kilómetros por estos paisajes verdes, verdes, salpicados de rosa, con la línea negra del asfalto como único testigo de civilización. Había anunciado un pueblo... ¿donde? No he conseguido encontrarlo, debían ser ese par de casas de madera que vi unos kilómetros atrás, y es que por aquí los pueblos son tan mínimos.

De pronto, en el salpicadero se enciende una luz que no conozco. Me asusto. Inmediatamente presto atención a niveles de aceite, temperatura, frenos, agua, gasolina... no es ninguno de ellos. Todo parece estar bien, la furgo circula cómodamente a los estrictos 90 Km/hora, pero la luz no se apaga y no tengo ni idea de lo que significa. Paro en el primer parking de la carretera y llamo a mi hijo Daniel y le explico lo que pasa. Es un problema de motor, mamá, me dice. Tienes que buscar un taller inmediatamente, puede ser grave. El próximo pueblo, Mc Bride, está a 80 kilómetros. Vete despacio, mamá, y me vas contando, dice mi hijo intentando quitarle hierro al asunto.

Mi mundo se derrumba, veo el final de la aventura, tengo ganas de llorar, muerta de asco en un parking solitario al tercer día de salir. Preparo un café, fumo un cigarrillo, me mojo mirando al cielo gris sobre mi cabeza y le pido a las diosas un poco, solo un poquito de compasión.

Con el alma encogida llego hasta Mc Bride, apenas una gasolinera, un par de tiendas, una pequeña iglesia azul y el taller que me localizó mi hijo. Les cuento lo que le pasa al coche y la chica de la oficina, apática y triste, me dice que lo siente, pero que el control de chequeo de motor lo tienen en la montaña, que han tenido una avería y no saben cuando volverá, quizá mañana, me dice envuelta en tristeza. Vete a Prince George, me aconseja.

Otros 200 kilómetros de angustia. Llueve, ahora torrencialmente, la carretera es una laguna, el mundo alrededor no existe, la cortina de agua lo borra todo, los camiones provocan a su paso un diluvio horizontal.

Estoy tan agotada de conducir bajo esta lluvia que veo el anuncio de un Bosque de Cedros, el Ancient Forest/Chun T’oh Whudujut , nos bajamos a caminar un poco, esta vez con una lluvia amable, suave. El camino entre este centenario bosque de cedros es un pasillo de madera elevado, una delicia de lugar que me reconcilia con esta mañana de angustia. Las hojas de los arbustos, inmensas, recojen la lluvia, como enormes bandejas que ofrecen su agua a los cientos de pájaros que pueblan este bosque de cuento fragante y limpio.

Blue, que a pesar de no saber qué me angustia sí sabe que estoy angustiada, no se separa de mi lado. Olfatea, olisquea, persigue un tramo a las ardillas y vuelve junto a mi dando saltitos de perro feliz.

Tras el paseo por el bosque me encuentro mejor, afronto lo que me queda hasta Prince George de una forma más positiva. Desde unos kilómetros antes ya sabes que es una gran ciudad, carretera de dos carriles, muchos coches  y almacenes, naves, construcciones alrededor. !Es enorme!

Decido entrar por la zona de los polígonos industriales y en el primer taller que veo me bajo y les pregunto. Una señora muy mayor, pero como de casi 80 años, me dice que ellos no hacen eso y, en el summun de la amabilidad, me hace un mapa señalando los tres talleres de los alrededores que podrían mirarme el coche. Le agradezco enormemente su gesto.

En el primero de los talleres me dicen que no, pero en el segundo un tipo amable me dice que si puedo esperar un rato, me conecta el “tester” y vemos qué le pasa al coche. Me preparo algo de comer, estoy realmente cansada, ha dejado de llover y el día, aunque gris, tiene una luz preciosa.

!Código PO442! Ese ha sido el diagnóstico favorable de mi coche que me lleva de cabeza toda la mañana. Y parece que todo el problema es que no ajusta bien el cierre del tanque de gasolina. Con no llenar a tope el tanque de gasolina, problema resuelto, me dice el mecánico.

!Y no me cobra nada! La gente por aquí es amable y cordial. Pese al susto, ha sido una hermosa mañana.

El pobre Blue con carita de pena en la puerta del taller.

Van a ser un hermoso paseíto estos 158km hasta Fraser Lake, the White Swan Capital of the world, dicen ellos. Lo que me ha seducido de este lugar es un precioso parking de caravanas municipal, con todos los servicios, y GRATIS, junto a un precioso lago.

La tarde está oscura y brumosa, la carretera con poco tráfico, parcelas de cereal al borde, enormes extensiones de maiz, miles de vacas pastando en los prados, el olor de la hierba recién cortada, granjas y parcelas perfectamente delimitadas,  la Britsh Columbia rural y agrícola. Hermosa.

El lugar ideal para pasar esta noche, descansar un poco y seguir pensando cómo voy a construirme una estantería para los libros.

Ya he decidido donde la voy a colocar. En las Rocosas, a la orilla del río Saskatchewan, encontré unas maderas al borde del agua, curvadas, viejas, preciosas. Justo la base sobre la que apoyarán los libros. Este el reto: usar solo materiales de desecho, reutilizando todo lo que encuentre, sin comprar absolutamente nada.

Día 5 de Fraser Lake a Telkwa – 198 Km.

La primera paella americana

Primera paella en América.

Estamos en Telkwa en la finca de Paul y Marlene, con sus hijos, una amiga poeta, sus dos perros… Y cerdos, vacas, ovejas, pollos, alpacas, pavos y algún otro animal que no recuerdo.

Hace unos meses me di de alta en una página de esas de compartir casa y quehaceres, subí un vídeo contando mi proyecto y Paul me escribió, ofreciendome la posibilidad de pasar unos días con ellos en su Granja, la Happy pig organic farm. Pongo la dirección en el gps y doy vueltas, siguiendo las indicaciones hasta llegar al río, entro en tres granjas, pregunto, no hay forma… el gps me indica cada vez un lugar. Finalmente un señor encantador me dice donde es, y cuando casi estoy llegando un coche viene a rescatarme: es Paul, que ha visto pasar mi furgo y es consciente de los despistes de los Gps en este sitio.

Paella de pollo orgánico, con verduras orgánicas y un delicioso Malbec argentino también orgánico.

He recorrido la granja con Paul, que me ha ido contando como mueven a los animales en ese enorme terrero, cómo los alimentan, los inviernos y la nieve, el amor que ponen en lo que hacen esta hermosa familia me conmueve. Desde el salón de su preciosa casa, se ve toda la granja. Mientras llega la hora de la paella, nos tomamos una cerveza y charlamos de lo maravilloso que es poder conectarse así, desde el otro lado del océano, y estar aquí ahora, hablando y sonriendo.

 

Paul ha preparado una fogata y hemos comenzado a preparar la paella, al fuego, como debe ser.

Ha sido una tarde genial.

Blue tiene un problema con los cerdos negros y después de mucho pelear con ellos, ha tocado la valla eléctrica, se ha llevado un buen susto y ya no se ha vuelto a acercar… Con las gallinas tiene fijación, las canadienses no iban a ser menos, también le gusta correr detrás de ellas. Aquí está ahora junto a mi, agotado la criaturita.

La tarde transcurre entre charlas, poesía, historias de la granja y un sol maravilloso que nos ilumina hasta casi las once de la noche.

!Qué agradecida estoy a la vida!

Ya por la mañana, desayuno con la familia y emprendemos de nuevo camino.

Gracias Paul y Marlene. Vuestro cariño viajará siempre conmigo.

CANADA: ALBERTA, DE CALGARY A MOUNT ROBSON

CANADA: ALBERTA, DE CALGARY A MOUNT ROBSON

!Estamos en la carretera, comenzamos esta aventura!

Dia 1 de CALGARY a LAKE LOUISE (185 kilómetros)

Serán casi diez mil kilómetros, Blue y yo abordo de esta furgoneta recién terminada, cómoda y hermosa, “muy de chica” por sus acabados en telas de flores y plantas en las paredes. Así que realmente somos tres seres vivos aquí, una humana, un perro y unas plantas.

He salido de Calgary casi a las 9 de la noche, mucho más tarde de lo previsto, y a pesar de que no me gusta nada viajar de noche, entre las compras de última hora, el bautismo de la “fragoneta”, llenar el depósito de gasolina, las últimas instrucciones de mi hijo Daniel sobre el sistema eléctrico y todas esa pequeñas cosas, se me ha hecho tarde, realmente tarde, pero estaba  decidida a comenzar este viaje el día 1 de Julio.

Cuando he arrancado y puesto rumbo a Lake Louise, la primera joya de las Rocosas,  justo en el primer semáforo, ha comenzado a sonar “Tajebone”, esa maravillosa canción de Ismael Lö y unas lágrimas dulces y liberadoras me han arrasado… por dejar a mi hijo, al que he visto sólo una semana, por la aventura en sí, por la tensión de los últimos días preparando la furgoneta a la carrera, porque estoy loca ¡, absoluta e irresponsablemente loca por iniciar este viaje de noche, lloviendo y con un coche que apenas controlo, pero quería amanecer en las Rocosas.

Llueve a mares por la autopista, no estoy aún familiarizada con los controles de los limpiaparabrisas, apenas hay coches en la carretera y aunque son casi las once de la noche y debería haber un sol pálido aún en el cielo, es noche cerrada.

Mi plan era dormir en Mosquito Creek, el primer lugar en el que dormí hace dos años en las Rocosas. Cuando paso el desvío hacia la Icefield Parkway, que es ya una carretera de dos direcciones, estrecha y oscura, estoy a punto de dar la vuelta;  la noche está difícil y parece que hay barro por todos los desvíos, aún así sigo camino unos kilómetros más, hasta que finalmente, en un tramo sin curvas, decido dar la vuelta y volver.  

Me reconozco el miedo, lo asumo y pongo “ruedas en polvorosa” hacia  Lake Louise, a pasar esta primera noche de diluvio a un lugar algo más civilizado.

Hay un centro comercial justo a la entrada, bastantes coches aparcados y todos los negocios ya cerrados, así que me instalo  y me preparo para pasar mi primera noche en soledad.  Como los nervios y la angustia de estos primeros kilómetros me han dejado agotada, me tomo un enorme tazón de leche caliente con cereales y a dormir en esta comodísima cama.

Blue se coloca a mis pies y cae rendido, supongo que él también acusa los nervios del día.

Dia 2 de LAKE LOUISE a MOUNT ROBSON (258 Km)

¡Estamos en las Rocky!

Amanece un tímido día de sol, pequeñas gotas de rocío cubren las ramas de los árboles cercanos, la hierba de un verde rabioso brilla bajo la luz de la mañana, huele a bosque, un par de ardillas suben y bajan por los troncos de los pinos y una bruma suave cubre la cima de las montañas . Desayunar frente a este paisaje es un regalo.  La entrada a las Rocosas, uno de los lugares más hermosos del mundo,  me da los buenos días.

Blue es un perrito feliz, sale disparado de la furgo, las ardillas parecen jugar a provocarlo, bajan, corretean delante de él y cuando se acerca, trepan con esa envidiable agilidad a las ramas más altas.  Por la forma en que olfatea el aire y me mira, entiendo que está disfrutando de nuestro primer día de aventura.

Ya son las diez de la mañana, la bruma se ha disipado y arriba, sobre el valle, los imponentes picos de las montañas se recortan contra el cielo. Ya había recorrido estos parajes, aún así, tanta belleza me sobrecoge.

Iniciamos camino hacia el Bow Lake, esa preciosidad de lago, que forma el río Bow, al que ya conozco bien y que he navegado en Calgary. Hay cientos de turistas, mayoritariamente asiáticos y pakistaníes. Los aparcamientos que bordean el lago están llenos de coches, los bordes del lago festoneados en rosa intenso por las flores  de las  fireweed, las montañas se miran, orgullosas, en las aguas transparentes del lago, y el mundo parece un lugar mejor… aunque demasiado habitado.

Estos trescientos kilómetros, donde parece haberse concentrado toda la belleza que cabe en el mundo, son también los más visitados, los más turísticos, pero si te alejas apenas trescientos metros del coche, si caminas más de diez minutos, dejas atrás la aglomeración de turistas. Leí un artículo sobre el comportamiento de los turistas en las Rocosas donde se indicaba que el 90% no se alejan de su coche más allá de 100 metros. Llegan al lugar, se bajan, se hacen unas fotos y siguen camino.

Yo, hoy, he actuado como ese 90% de turistas. Son paisajes que ya conozco y me abruma tanta gente. Increíble en alguien que viene de una ciudad como Madrid, que vive en Lavapiés, y sin embargo vengo buscando precisamente eso: soledad y paisajes limpios.

Parada larga frente al Athabasca Glacier, ese glaciar que ya he recorrido y que me produce una sensación ambigua: por un lado es de una belleza inmensa y  observar  el retroceso del glaciar en los últimos años (marcando en los bordes el lugar que ocupó el hielo) es preocupante, pero por otro lado, es un glaciar “prostituído”: hay vehículos oruga, los Ice Explorer que llevan a los turistas hasta la mitad del glaciar, lo que supone una enorme presión sobre el entorno natural, con lo que conlleva de deterioro del lugar. El poder pisar un glaciar es algo con lo que todos soñamos, hacerlo a media hora caminando desde el aparcamiento, un lujo. Si ya te pagas los 103$ del Ice Explorer, solo tienes que caminar directamente sobre el hielo.

Me estaba preparando una ensalada cuando Blue comenzó a jugar con una chica que estaba en la furgoneta de al lado. Unos brasileños que estaban recorriendo las Rocosas, gentes encantadoras, preparaban en una barbacoa portátil un pollo marinado. Me invitaron a comer con ellos, charlamos, tomamos café, comentamos el maravilloso paisaje que nos rodeaba, hablamos de Brasil y sus selvas deforestadas por la codicia, de la enorme presión turística de este glaciar, de lo hermoso que es viajar así, en una furgoneta, parar donde te plazca, dormir junto a arroyos transparentes, bosques encantados…

Sigo camino hacia Saskatchewan River Crossing, conocido como “El cruce”, en la confluencia de los ríos Saskatchewan, Howse y Mistaya, único lugar de cruce de estos inmensos ríos, que usaban los viajeros y comerciantes de pieles, ayudados por los conocimientos de los indígenas de la región. En un hermoso mirador sobre el río, con carteles explicativos sobre el pasado de esta zona, puedes fácilmente imaginar esas caravanas de carretas de los aventureros que cruzaban la región. Imaginarles cruzando en verano, pese al cauce del río, es ya toda una gesta. A lo largo del invierno, con un mar de hielo alrededor, aunque quizá fuese una empresa más fácil, sin las ropas, los abrigos, el equipamiento de montaña actual, me parece de una heroicidad inmensa.

Es casi imposible conducir por esta carretera sin encontrar un atasco. Atasco es, siempre, igual a oso. Los coches se paran en el arcén, los autobuses directamente se detienen en medio de la carretera, casi se escuchan los cientos de clicks de las cámaras de fotos sobre un oso, casi siempre negro, que tranquilamente recorre “su” bosque. Los guardabosques del Parque Nacional de Banff no tardan en aparecer, disuaden a la gente de bajarse del coche y acercarse al oso, no deja de ser un animal salvaje que puede atacar en cualquier momento, y desde luego tanta gente perturba de verdad a ese ser libre. Poco a poco va disolviéndose el atasco. Hasta el siguiente oso.

 

Parada en Jasper para comprar un convertidor de enchufe, había olvidado que tengo que cargar también la cámara de fotos y no tengo conversor. Esta pequeña ciudad es una preciosidad de lugar, casas de madera rodeadas de flores, una estación de tren inmensa, restaurantes, tiendas y supermercados, y mucho turista. Es el “final” de las impresionantes Rocosas, y lugar de parada obligada.

No quiero pasar la noche en una ciudad, así que como quedan aún unas horas de sol, tras pasear un rato por los civilizados lagos de Anette y Edith, donde me obligan a llevar a Blue con correa y está prohibido que los perros recorran la arena del borde del lago, seguimos camino.

Al caer la tarde, tras unos hermosísimos kilómetros de bosques inmensos, llegamos a las inmediaciones de Mount Robson. Ha comenzado a caer una lluvia suave, las nubes se han apoderado del cielo y hace fresco. Me detengo un rato a la entrada del Parque Nacional, mientras consulto el mapa. Blue corretea por el enorme aparcamiento casi vacío. Se me acerca un chico y me pregunta si tengo algo que ver con la poesía, que lleva siguiéndome un buen rato a ver si me paro, porque le ha llamado la atención la pegatina que recubre mi furgoneta “travellingpoems”. Es, también, brasileño, poeta y cazador de auroras boreales, trabaja en un lujosísimo camping privado a un par de minutos de aquí. Me ofrece pasar la noche en el camping, gratis, por supuesto.

Me preparo una sopa de arroz y pollo para cenar, una copa de vino y veo como la noche va apoderándose de este precioso lugar mientras Blue olfatea y corre alrededor. Al rato aparece el chico, Cristiano, y hablamos durante horas de poesía, de auroras boreales, de la magia de estas montañas. Aquí, me dice, ya no llegan tantos turistas, hay muchos montañeros y unas rutas de senderismo espectaculares.  Tomo buena nota de sus amables indicaciones, a la vuelta, camino a Calgary, pasaré un par de días por aquí.

Me voy familiarizando con la furgo, voy colocando las cosas de un modo más ordenado, me siento cómoda en esta, mi casita rodante durante dos meses.

Ya salí de Alberta y ahora estoy en Beautiful British Columbia.

¡Qué hermoso es todo, por las diosas!

!Si, quiero la Guía!

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